1. Introducción y contexto general Oriente Medio es una construcción geopolítica más que una categoría puramente geográfica. Suele incluir el Levante (Siria, Líbano, Jordania, Palestina, Israel), la Península Arábiga (Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos, Qatar, Kuwait, Omán, Yemen, Baréin), Irak e Irán, y se conecta estrechamente con el Norte de África (Egipto, Libia, Túnez, Argelia, Marruecos) y, según el análisis, con el Cuerno de África. Esta amplitud responde a la densidad de vínculos históricos, comerciales, energéticos y de seguridad que superan las fronteras formales. A lo largo del siglo XX, la caída del Imperio otomano, los mandatos coloniales francés y británico, la creación del Estado de Israel y las guerras árabe-israelíes, la Guerra Fría y las posteriores intervenciones occidentales configuraron un mosaico de estados y fronteras con legitimidades desiguales. Procesos más recientes como las guerras de Irak, la invasión de 2003 y las revueltas árabes de 2011 han intensificado tensiones preexistentes y abierto nuevas grietas estatales. La región tiene un peso desproporcionado en la economía y la seguridad global por su posición en rutas marítimas (Mediterráneo, Suez, Bab el-Mandeb, Golfo Pérsico, estrecho de Ormuz) y por sus reservas de petróleo y gas. A la vez, concentra lugares sagrados para las tres religiones monoteístas, lo que añade una dimensión simbólica que multiplica la resonancia de los conflictos. 2. Definición y tipos de conflictos En Oriente Medio coexisten varios tipos de conflicto: interestatales clásicos (disputas fronterizas o de hegemonía regional), guerras civiles, insurgencias prolongadas, ocupaciones, guerras subsidiarias (proxy) y violencia terrorista transnacional. Muchos conflictos combinan elementos de varios tipos, lo que dificulta encajarlos en categorías simples. La noción de conflictos intersecantes, propuesta para explicar el entramado de crisis en el Magreb y Oriente Medio, destaca cómo múltiples focos de tensión se cruzan y retroalimentan. Un cambio en Siria puede alterar los equilibrios en Líbano, Irak o el Golfo; la normalización entre ciertos países árabes e Israel reconfigura cálculos en el Magreb o respecto a Irán (https://www.cidob.org/publicaciones/gestionar-division-ue-conflictos-oriente-medio-norte-africa). Estos solapamientos crean una arquitectura de seguridad inestable, donde resolver un conflicto aislado sin considerar el conjunto puede generar efectos no deseados. También se observa la expansión de guerras subsidiarias, en las que potencias como Arabia Saudí e Irán apoyan actores locales en Yemen, Siria o Irak, o donde Turquía y otros estados patrocinan grupos armados que operan más allá de sus fronteras. El terrorismo yihadista, representado por Al-Qaeda, el Estado Islámico y ramas afiliadas, introduce un vector transnacional que explota vacíos de poder y fracturas identitarias. 3. Actores principales y equilibrios de poder Diversos estudios identifican a Arabia Saudí, Irán, Turquía e Israel como cuatro potencias regionales con proyectos de influencia propios, capacidades militares significativas y ambiciones de liderazgo (https://www.ieee.es/Galerias/fichero/docs_marco/2023/DIEEEM05_2023_JACMOR_Oriente.pdf). Arabia Saudí se presenta como referente del eje suní conservador y garante de la seguridad del Golfo; Irán combina una narrativa revolucionaria con redes de milicias y aliados no estatales en Líbano, Siria, Irak y Yemen; Turquía explora un papel neo-oturco de proyección sobre el Levante y el norte de África; e Israel actúa como potencia militar y tecnológica con estrechos vínculos con Estados Unidos. Alrededor de estos polos se sitúan actores clave como Egipto (peso demográfico y cultural pero con dificultades económicas), Emiratos Árabes Unidos y Qatar (pequeños estados con recursos financieros y agendas activas), Jordania (pieza de estabilidad fronteriza), Irak (estado frágil pero estratégico) y los países del Magreb, que forman un subcomplejo de seguridad conectado al resto de la región (https://www.cidob.org/sites/default/files/2024-06/193-220_EDUARD%20SOLER%20I%20LECHA_135.pdf). Los actores no estatales armados, desde Hizbulá hasta las Unidades de Movilización Popular en Irak, los hutíes en Yemen o las milicias vinculadas a partidos islamistas o étnicos, son partes imprescindibles del equilibrio real. Movimientos sociales, redes transnacionales y medios de comunicación satelitales y digitales contribuyen a conformar la opinión pública regional y a difundir narrativas. En el plano externo, Estados Unidos sigue siendo la potencia con mayor infraestructura militar y red de alianzas, pero afronta el dilema de reducir su presencia directa sin dejar vacíos aprovechables por otros. Rusia, mediante su intervención en Siria y la construcción de vínculos con Irán, Turquía y algunas monarquías del Golfo, ha ganado margen de maniobra (https://www.ieee.es/Galerias/fichero/cuadernos/CE_213/Cap_4_Oriente_Medio.pdf). China, más centrada en economía y energía, avanza una estrategia de presencia discreta pero creciente. 4. Causas estructurales y factores desencadenantes Los conflictos beben de causas estructurales de larga duración. Entre ellas destacan fronteras heredadas de acuerdos coloniales que fragmentaron comunidades y combinaron poblaciones con identidades y lealtades diversas; la debilidad de instituciones estatales y la centralización de poder en torno a élites estrechas; y economías basadas en recursos naturales que generan estados rentistas con sistemas clientelares. Los clivajes identitarios (suní/chií, árabe/no árabe, tribal/nacional, urbano/rural) se activan según el contexto político. No son causas automáticas de conflicto, pero pueden instrumentalizarse para movilizar apoyos o deslegitimar adversarios. Las luchas entre islam político e ideologías laicas, los debates sobre el papel de la religión en la vida pública y la competencia entre diferentes interpretaciones del islam (salafismo, islamismo moderado, islam oficial) atraviesan muchos conflictos. Factores socioeconómicos como el rápido crecimiento demográfico, el desempleo juvenil, la urbanización acelerada, la corrupción y las desigualdades territoriales alimentan frustraciones que pueden derivar en protestas masivas. Las revueltas de 2011 mostraron cómo un detonante puntual, como la inmolación de un vendedor ambulante en Túnez, puede catalizar malestares acumulados en varios países. Las dinámicas climáticas y ambientales (escasez de agua, desertificación, olas de calor, inseguridad alimentaria) actúan como multiplicadores de riesgo, al agravar la competición por recursos, aumentar el coste de la vida y debilitar economías ya frágiles (https://www.ieee.es/Galerias/fichero/docs_analisis/2022/DIEEEA02_2022_JOSFER_Conflictos.pdf). La intervención externa, tanto militar como mediante sanciones económicas, puede funcionar como factor desencadenante o como elemento que prolonga los conflictos. 5. Casos de conflicto emblemáticos El conflicto árabe-israelí, y en particular el conflicto israelí-palestino, es central por combinar cuestiones territoriales (ocupación, fronteras, asentamientos), identitarias (narrativas nacionales contrapuestas) y jurídicas (derecho al retorno, estatus de Jerusalén). Ha sido un escenario de guerras convencionales, intifadas, procesos de paz fallidos y episodios recurrentes de violencia en Gaza y Cisjordania. Su persistencia influye en la legitimidad de regímenes árabes, en las políticas de normalización y en la construcción de identidades políticas a escala regional. Las guerras y crisis en Siria, Irak, Yemen y Libia ejemplifican la ruptura del contrato social y el colapso parcial o total de estructuras estatales. En Siria, una revuelta inicialmente pacífica derivó en una guerra multifrente que implicó al régimen, grupos rebeldes de muy diversa orientación, organizaciones yihadistas y potencias externas, convirtiendo el país en un laboratorio de alianzas fluidas y rivalidades cambiantes (https://www.cidob.org/publicaciones/alianzas-liquidas-oriente-medio). Irak ha alternado ocupación, guerra sectaria y lucha contra el Estado Islámico, con fuerte impacto en la cohesión social. Yemen ilustra el concepto de guerra subsidiaria: un conflicto interno complejo, con raíces en la unificación fallida del país, agravado por la intervención militar de una coalición liderada por Arabia Saudí frente a una alianza entre hutíes y sectores vinculados al antiguo régimen. Libia, tras la caída de Gadafi, se convirtió en escenario de competencia entre gobiernos rivales, milicias y patrocinadores externos. En el Magreb, la rivalidad entre Argelia y Marruecos y el conflicto del Sáhara Occidental conforman un subcomplejo de seguridad que influye en las relaciones con Europa, en las rutas migratorias y en la cooperación regional, con procesos de europeización y deseuropeización en la política de la UE hacia el Magreb (https://www.cidob.org/sites/default/files/2024-06/193-220_EDUARD%20SOLER%20I%20LECHA_135.pdf). 6. Dinámicas regionales y alianzas cambiantes La noción de alianzas líquidas, inspirada en la idea de modernidad líquida de Zygmunt Bauman, ayuda a entender la volatilidad de las coaliciones en Oriente Medio (https://www.cidob.org/publicaciones/alianzas-liquidas-oriente-medio). Las alianzas se forman más por miedo compartido a amenazas concretas que por proyectos comunes a largo plazo. Esto hace que acuerdos aparentemente sólidos se transformen rápidamente cuando cambia la percepción de riesgo, y que rivales históricos puedan colaborar tácticamente. En Siria, Yemen o Libia se han observado apoyos simultáneos y cruzados de las mismas potencias a diferentes grupos, así como cambios de bando motivados por recalculaciones estratégicas. Estados que comparten espacio en una coalición antiislamista en un país pueden coincidir con islamistas en otro frente. Este patrón, lejos de ser anecdótico, se ha vuelto estructural en la política regional. Procesos como la normalización de relaciones entre Israel y varios países árabes, incluyendo parte del Magreb, mediante acuerdos patrocinados por Estados Unidos, muestran cómo las prioridades geopolíticas (contención de Irán, cooperación tecnológica y de defensa, acceso a recursos y mercados) pueden pasar por encima de condicionantes históricos. Al mismo tiempo, redes como el llamado Eje de la Resistencia se reconfiguran en torno a la rivalidad con Israel y a la presencia estadounidense. Estos realineamientos constantes generan un orden regional en transición, donde estructuras anteriores se debilitan sin que surja aún un marco estable de seguridad cooperativa. Las rivalidades son también líquidas: pueden intensificarse o moderarse rápidamente, como se ha visto en la relación entre Rusia y Turquía o entre algunos estados del Golfo (https://www.cidob.org/actividades/ciclo-pasa-mundo-oriente-medio-quien-define-nuevo-desorden-regional). 7. Papel de actores externos y de la Unión Europea Estados Unidos ha sido durante décadas el garante principal del statu quo regional, apoyando a aliados clave, protegiendo rutas energéticas y tratando de gestionar conflictos como el árabe-israelí mediante diplomacia y, en ocasiones, intervención militar. Al mismo tiempo, se enfrenta al desgaste interno por las guerras, al cuestionamiento de su papel y a la necesidad de priorizar otros teatros estratégicos, lo que le lleva a buscar fórmulas de implicación indirecta. Rusia, aprovechando oportunidades como la guerra en Siria, ha consolidado bases militares, reforzado su imagen de mediador dispuesto a hablar con todos y ganado capacidad de veto sobre soluciones de seguridad en el Levante. China, centrada en asegurar suministros energéticos y corredores comerciales vinculados a la Iniciativa de la Franja y la Ruta, prefiere una aproximación económica, pero empieza a asumir un rol diplomático más visible en mediaciones puntuales. La Unión Europea, por su proximidad geográfica y su interdependencia energética y migratoria, tiene un interés directo en la estabilidad de Oriente Medio y el Norte de África. Sin embargo, su capacidad de acción se ve limitada por divisiones internas, la necesidad de decisiones por unanimidad y la politización doméstica de cuestiones como Palestina, las intervenciones militares o las políticas migratorias. Estudios sobre la acción exterior europea hacia el Magreb muestran cómo la contestación política y la renacionalización de agendas debilitan una política verdaderamente común (https://www.cidob.org/publicaciones/gestionar-division-ue-conflictos-oriente-medio-norte-africa). Aun así, la UE mantiene instrumentos relevantes: ayuda humanitaria y al desarrollo, misiones civiles y militares, acuerdos comerciales y de asociación, y un cierto poder normativo en materia de derechos humanos, gobernanza y reformas institucionales. El reto es integrarlos en una estrategia coherente que reconozca las interdependencias regionales (https://www.ieee.es/Galerias/fichero/docs_analisis/2024/DIEEEA54_2024_IGNALV_Oriente.pdf). 8. Impactos e implicaciones globales Los conflictos de Oriente Medio producen algunas de las mayores crisis humanitarias y de desplazamiento forzado del planeta. Millones de refugiados y desplazados internos en Siria, Irak, Yemen y otros países dependen de la ayuda internacional y presionan la capacidad de acogida de estados vecinos y de Europa. Esta realidad tiene consecuencias en políticas de asilo, debates identitarios y cohesión social en los países receptores. En el plano económico, la región afecta al suministro mundial de petróleo y gas, a los precios internacionales de la energía y a la seguridad de infraestructuras críticas como oleoductos, gasoductos y terminales portuarias. Cualquier escalada que implique bloqueos o ataques a rutas marítimas, como en el estrecho de Ormuz o en el mar Rojo, puede tener impacto inmediato en mercados globales. La existencia de vacíos de poder y de conflictos prolongados proporciona espacios para grupos terroristas y redes criminales que operan más allá de la región, mediante atentados, tráfico de armas, personas y drogas. Paralelamente, la destrucción de infraestructuras, la pérdida de capital humano cualificado y los traumas sociales condicionan el desarrollo durante generaciones, incluso si se alcanzan acuerdos de paz formales. Los conflictos también tienen implicaciones normativas y políticas: cuestionan el régimen internacional de no proliferación (por ejemplo, en torno al programa nuclear iraní), la credibilidad de instituciones multilaterales y la capacidad del derecho internacional humanitario para proteger a civiles en guerras asimétricas. 9. Vías de gestión y transformación de los conflictos Las vías de salida más realistas no pasan por soluciones militares decisivas, sino por combinaciones de negociación, reformas internas y arreglos de seguridad regional. En el plano interno, es esencial avanzar en sistemas políticos más inclusivos, donde minorías y opositores tengan representación y garantías, para reducir los incentivos a la violencia. Procesos de reconciliación y justicia transicional pueden ayudar a recomponer tejidos sociales dañados. En el plano regional, diversos análisis abogan por construir marcos de seguridad cooperativa que incluyan a todas las grandes potencias regionales, con mecanismos de transparencia militar, gestión de incidentes, diálogo sobre misiles y armas no convencionales, y cooperación en ámbitos como fronteras, lucha contra el crimen y cambio climático (https://www.ieee.es/Galerias/fichero/docs_analisis/2024/DIEEEA54_2024_IGNALV_Oriente.pdf). Estos marcos pueden inspirarse en experiencias de otras regiones, pero deben adaptarse a las especificidades locales. La comunidad internacional puede contribuir reduciendo la lógica de suma cero en su propia actuación: evitando apoyar alineamientos rígidos que bloqueen compromisos, privilegiando incentivos positivos para la desescalada, y coordinando ayudas para reconstrucción vinculadas a mejoras de gobernanza. Actores europeos, en particular, tienen margen para combinar diplomacia discreta, cooperación técnica y presencia económica de forma más estratégica. Para que estas vías sean accionables, se requieren hojas de ruta concretas por conflicto y a escala regional, con objetivos verificables (alto el fuego, acceso humanitario, reformas legales, integración de milicias en estructuras estatales, desmovilización y reintegración) y mecanismos de seguimiento en los que participe la sociedad civil. 10. Conclusiones clave Los conflictos en Oriente Medio no pueden entenderse como una sucesión de crisis aisladas, sino como el resultado de la interacción entre legados históricos, estructuras regionales de poder, dinámicas internas de régimen y agendas de potencias externas. La combinación de alianzas líquidas, conflictos intersecantes y rivalidades ideológicas hace que el sistema sea especialmente volátil. Las respuestas puramente securitarias han mostrado su incapacidad para producir estabilidad duradera. Abordar las raíces del conflicto exige integrar dimensiones de seguridad, desarrollo, gobernanza, identidad y medio ambiente. Las soluciones deben ser diferenciadas por país, pero enmarcadas en una visión regional que reduzca incentivos a la confrontación y aumente los beneficios de la cooperación. Para actores como la Unión Europea, esto implica pasar de una gestión reactiva de crisis a una estrategia más proactiva, basada en una mejor comprensión de las dinámicas locales y en la coherencia entre políticas internas y externas. Para los propios estados de la región, avanzar hacia formas de seguridad cooperativa y de apertura política controlada puede ser la mejor forma de evitar ciclos recurrentes de violencia y colapso. En conjunto, el panorama de conflictos en Oriente Medio seguirá siendo un elemento central de la agenda internacional. Comprender sus mecanismos y conexiones es condición previa para diseñar políticas más eficaces, tanto desde dentro de la región como desde fuera de ella.