1. Definiciones básicas y marco conceptual La desinformación se sitúa dentro de la familia más amplia de los desórdenes informativos, que incluyen también la información errónea y la malinformación. En la desinformación, el rasgo central es la intención de engañar o manipular utilizando piezas que aparentan ser información neutral, a menudo con formato de noticia, informe o dato experto. La información errónea, en cambio, puede ser falsa o inexacta por descuido, desconocimiento o errores de procesamiento, sin una voluntad deliberada de dañar. El término fake news ha sido criticado por su uso político y su vaguedad, pero sigue siendo útil para aludir a narrativas que imitan el estilo periodístico y vulneran la verificación y la ética profesional (https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=6999091). Estas narrativas se mezclan con géneros limítrofes como la sátira, el periodismo polarizado o la propaganda, lo que complica la percepción pública y difumina la frontera entre error, sesgo e intención de engaño (https://www.revistacomunicar.com/html/72/es/72-2022-02.html). Las investigaciones coinciden en que la desinformación no se explica solo por el contenido, sino por la combinación de emisores, objetivos, plataformas y formas de recepción: la audiencia interpreta, comparte, remezcla y, en cierto modo, co-produce las noticias falsas. 2. Ecosistema mediático: TV, redes y plataformas La transformación del ecosistema mediático está marcada por la digitalización y la aparición de entornos de alta elección, donde conviven medios tradicionales y plataformas digitales. La televisión abierta y de cable mantiene un fuerte peso como fuente de referencia para amplios sectores de población, especialmente mayores de 55 años, que siguen la actualidad mediante informativos y programas de debate. Estudios sobre consumo mediático muestran que, durante campañas electorales, determinadas cadenas se asocian de forma clara con preferencias partidistas, reforzando cámaras de eco ideológicas incluso dentro del consumo televisivo (https://www.revistacomunicar.com/html/72/es/72-2022-02.html). Al mismo tiempo, la población joven configura su dieta informativa a partir de redes sociales, plataformas de vídeo y medios digitales, donde noticias, entretenimiento y contenidos de influencers se mezclan en un flujo continuo. La convergencia entre televisión y redes sociales genera una dinámica de ida y vuelta: programas de tertulia recogen tendencias de Twitter o clips virales, mientras hashtags y marcos narrativos difundidos por la televisión se amplifican en redes. Este ecosistema híbrido permite que bulos surgidos en grupos de mensajería o foros circulen hacia la televisión, obtengan un sello de legitimidad implícito al ser tratados en un plató y regresen a las redes con mayor visibilidad. 3. Mecanismos de producción y circulación de desinformación Los mecanismos de producción de desinformación combinan técnicas comunicativas clásicas con la explotación de las posibilidades de segmentación y viralidad de las plataformas digitales. Entre las estrategias recurrentes destacan los titulares alarmistas, las simplificaciones extremas de temas complejos, el uso selectivo de datos verdaderos para apoyar conclusiones falsas y la manipulación de imágenes y vídeos. Actores diversos –campañas políticas, grupos económicos, páginas de pseudomedios o individuos que buscan notoriedad– se benefician de algoritmos que premian el contenido que genera reacciones rápidas, independientemente de su calidad (https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=6999091). El humor cumple una función ambivalente: facilita que el público comparta contenidos inexactos bajo la apariencia de broma, pero contribuye a normalizar estereotipos y distorsiones (https://www.revistacomunicar.com/html/72/es/72-2022-02.html). A nivel técnico, la dataficación permite rastrear interacciones, descubrir qué marcos narrativos funcionan mejor y ajustar mensajes para grupos concretos, dando lugar a campañas de desinformación sofisticadas y altamente adaptativas. La televisión entra en este circuito cuando incorpora rumores o contenidos virales sin aportar suficiente contexto, recortando fragmentos que se vuelven a compartir fuera de su marco original. 4. Impactos sociales, políticos y en salud Los impactos de la desinformación se despliegan en varios niveles. En el plano individual, la exposición continuada a noticias falsas deteriora la capacidad de distinguir entre fuentes fiables y dudosas, refuerza sesgos de confirmación y puede provocar emociones intensas de miedo, ira o frustración. En salud, se ha documentado la influencia de bulos sobre vacunas, dietas milagro o terapias sin evidencia que llevan a rechazar tratamientos recomendados o a adoptar prácticas riesgosas (https://ve.scielo.org/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S2174-07982023000100101). Durante crisis como la pandemia de COVID-19, se habla de infodemia para expresar la combinación de exceso de información, rumores y teorías conspirativas que dificultan la adopción de pautas basadas en la ciencia. En el ámbito político, la desinformación afecta la confianza en procesos electorales, instituciones y medios, alimentando la percepción de que todo discurso responde a intereses ocultos. Una revisión sistemática de la producción académica reciente muestra efectos significativos de las fake news sobre salud pública, democracia y economía, y destaca la necesidad de combinar estrategias educativas, tecnológicas y regulatorias para mitigar estos impactos (https://ve.scielo.org/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S2739-00632026000102035). A nivel económico, los bulos dañan la reputación de empresas, afectan decisiones de consumo y pueden influir en la estabilidad de sectores completos. 5. Confianza, calidad periodística y rol de la televisión La relación entre desinformación y confianza en los medios es compleja y bidireccional. Por un lado, la mala praxis de algunos medios –falta de contraste, titulares engañosos, exceso de opinión disfrazada de información– contribuye a la percepción de que no son plenamente fiables. Por otro, la desinformación se apoya precisamente en la erosión de esa confianza para proponer relatos alternativos que se presentan como más auténticos o cercanos al público. Investigaciones en distintos países señalan problemas de politización, agendas ocultas y escasa transparencia sobre intereses empresariales, que llevan a parte de la ciudadanía a equiparar noticias sesgadas con fake news (https://www.revistacomunicar.com/html/72/es/72-2022-05.html; https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=9648727). La televisión ocupa un lugar central en este diagnóstico: sus informativos, magacines y tertulias construyen marcos interpretativos de la realidad y pueden reproducir esquemas maniqueos que enfrentan bloques ideológicos. Sin embargo, la televisión también dispone de recursos únicos para revertir estas dinámicas: puede mostrar el proceso de verificación, abrir espacios a expertos independientes, contextualizar datos y explicar cómo se corrige un error. La mejora de los estándares de calidad televisiva –separar con claridad opinión y noticia, evitar el falso equilibrio entre hechos y desinformación, ampliar la diversidad de fuentes– es una palanca clave para reducir la confusión. 6. Alfabetización mediática e instituciones La alfabetización mediática se entiende como el conjunto de conocimientos, habilidades y actitudes que permiten a las personas participar críticamente en el ecosistema comunicativo. No se limita a aprender a usar herramientas digitales, sino que incluye comprender quién financia los medios, cómo se seleccionan las noticias, qué papel juegan los algoritmos y qué sesgos cognitivos influyen en la interpretación de mensajes. Estudios con estudiantes de Periodismo y Comunicación en Argentina, Chile y España muestran que, aunque son conscientes del problema de la desinformación, sobrestiman su capacidad real para detectar noticias falsas y subestiman la sofisticación de algunos pseudomedios (https://www.revistacomunicar.com/html/72/es/72-2022-05.html). Las instituciones públicas han respondido con campañas de sensibilización y decálogos contra las fake news, que suelen ofrecer consejos básicos como contrastar fuentes o desconfiar de titulares extremos. No obstante, análisis específicos de estas campañas revelan carencias: se concentran en público infantil y adolescente, comunican poco las consecuencias políticas y económicas de la desinformación y tienen escasa difusión y coordinación en redes (https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=7761713). Para ser efectivas, estas iniciativas deben articularse con la labor de escuelas, universidades, medios, plataformas y organizaciones de la sociedad civil, y evaluarse sistemáticamente. 7. Tecnología, algoritmos y verificación Las tecnologías digitales actúan simultáneamente como amplificadores de desinformación y como herramientas para combatirla. En el terreno de la detección automática, se han desarrollado modelos de aprendizaje automático que analizan el texto de las noticias, sus patrones de difusión y sus metadatos para clasificarlas como falsas o veraces. Algunos estudios reportan altas tasas de acierto con algoritmos como la regresión logística o redes neuronales profundas, incluidas arquitecturas LSTM, siempre que dispongan de corpus representativos y actualizados (https://ve.scielo.org/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S2739-00632026000102035). Sin embargo, estos sistemas enfrentan retos importantes: riesgo de sesgos, dificultad para interpretar ironía o sátira, y necesidad de equilibrar detección de contenidos dañinos con la protección de la libertad de expresión. Paralelamente, la inteligencia artificial generativa facilita la producción de textos, imágenes y vídeos falsos de alta calidad, lo que complica la verificación basada solo en la observación visual. La respuesta combina etiquetado de contenidos, mayor transparencia en los algoritmos de recomendación, colaboración entre plataformas, medios y verificadores, y una pedagogía activa hacia la ciudadanía sobre cómo funcionan estas tecnologías. 8. Estrategias prácticas para la ciudadanía Frente a un entorno saturado, las personas necesitan estrategias sencillas y repetibles que permitan reducir la vulnerabilidad a la desinformación. Un primer principio es la gestión de las emociones: cuando una noticia vista en televisión o redes provoca reacciones intensas, conviene detenerse y verificar antes de compartirla. Un segundo principio es el contraste básico: comprobar si otros medios fiables recogen la misma información, buscar la fecha, la autoría y la fuente original de los datos (https://www.unesco.org/es/articles/periodismo-noticias-falsas-desinformacion). Un tercer principio es la diversificación: no depender de un único canal, sino combinar teleinformativos, prensa, medios digitales de calidad y recursos de fact-checking. A nivel familiar, se pueden comentar las noticias que se ven en televisión, distinguir entre datos y opiniones de los tertulianos y buscar explicaciones adicionales cuando un tema genera dudas. En la escuela, ejercicios como comparar coberturas de un mismo hecho entre distintos canales, analizar titulares sensacionalistas o reconstruir la cadena de difusión de un bulo ayudan a desarrollar pensamiento crítico. A nivel comunitario, normalizar que se pregunte «¿de dónde sale este dato?» contribuye a que el contraste deje de verse como desconfianza personal y pase a entenderse como responsabilidad compartida. 9. Conclusiones En conjunto, la evidencia disponible indica que la desinformación es un fenómeno estructural del ecosistema comunicativo contemporáneo, que se nutre de incentivos económicos basados en la atención, polarización política, desigualdades en alfabetización mediática y transformaciones tecnológicas (https://ve.scielo.org/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S2739-00632026000102035). La televisión, lejos de quedar al margen, sigue siendo un actor central en la construcción de agendas y marcos, especialmente cuando se articula con redes sociales y dispositivos móviles en dinámicas de segunda pantalla. Esto la convierte simultáneamente en posible amplificador de bulos y en espacio privilegiado para explicar, verificar y contextualizar informaciones complejas. Las respuestas más sólidas son integrales: reforzar la calidad periodística, promover políticas públicas coordinadas, desarrollar tecnologías de detección abiertas a escrutinio y desplegar programas continuos de alfabetización mediática en todas las edades (https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=7761713; https://www.unesco.org/es/articles/periodismo-noticias-falsas-desinformacion). El objetivo es avanzar hacia un entorno informativo donde la ciudadanía pueda orientarse con criterio propio, reconocer la diferencia entre opinión y dato y participar en el debate público sin quedar atrapada por narrativas engañosas.