INTRODUCCIÓN Y CONTEXTO Las redes sociales se han convertido en un elemento estructural de la experiencia adolescente, hasta el punto de que gran parte de sus interacciones sociales, su consumo de información y ocio, e incluso la construcción de su identidad, pasan por plataformas digitales. El teléfono móvil, casi siempre conectado, actúa como puerta de entrada a redes, mensajería y vídeo, difuminando las fronteras entre ámbito escolar, familiar y de ocio. Este escenario se integra en un ecosistema mediático más amplio donde televisión, servicios de streaming y redes se interconectan: un programa de TV se comenta en directo en redes, los ‘influencers’ aparecen en formatos televisivos y los adolescentes consumen fragmentos televisivos reconvertidos en clips breves. La sección «Sociedad y TV» se enriquece así con la dimensión interactiva y participativa de las redes. En este contexto, resultan especialmente relevantes los datos empíricos. Estudios con decenas de miles de estudiantes muestran una conexión casi diaria a internet y redes, patrones de uso intensivo en una parte significativa de la población adolescente y una mezcla de emociones positivas (alegría, diversión, relajación) con riesgos como ciberacoso, sextorsión o exposición a contenidos inadecuados (https://www.unicef.es/noticia/adolescentes-y-tecnologia-como-la-utilizan; https://www.unicef.es/educa/ideas/entorno-digital-seguro). El reto central consiste en maximizar los beneficios de este entorno y minimizar sus impactos negativos en bienestar, aprendizaje y derechos. DEFINICIONES CLAVE Las redes sociales son servicios digitales que permiten crear perfiles, establecer conexiones y compartir contenidos con distintos grados de visibilidad. Se caracterizan por la posibilidad de interactuar (comentar, reaccionar, compartir), por métricas visibles de popularidad (número de ‘me gusta’, seguidores, visualizaciones) y por el uso de algoritmos que seleccionan y ordenan lo que cada usuario ve. En el caso de los adolescentes, estas plataformas se entrelazan con procesos propios de la etapa vital: búsqueda de pertenencia, exploración de identidades, necesidad de reconocimiento, curiosidad por temas nuevos y progresiva autonomía respecto a la familia. El entorno digital adolescente no se limita a las redes de uso generalista: videojuegos en línea con chats, aplicaciones de mensajería, plataformas de vídeo corto y servicios de streaming forman un ecosistema continuo. La experiencia subjetiva suele ser la de «estar conectado» más que la de usar una herramienta concreta. Este ecosistema combina elementos de entretenimiento, socialización, información y expresión, y opera 24/7. Por ello, los análisis sobre redes y adolescentes deben contemplar esta visión amplia, en la que un conflicto en un chat puede derivar en ciberacoso público, o un vídeo de una serie de televisión puede viralizarse como meme en otra plataforma. BENEFICIOS Y OPORTUNIDADES Las redes sociales ofrecen múltiples beneficios cuando se utilizan de forma reflexiva y en un contexto de acompañamiento. En el plano social, permiten mantener lazos con amigos y familiares, especialmente cuando hay distancia geográfica, y facilitan la creación de comunidades de afinidad en torno a intereses (música, videojuegos, ciencia, arte) o identidades (orientación sexual, cultura, lengua) que pueden ser fundamentales para adolescentes que se sienten aislados en su entorno inmediato. La posibilidad de compartir experiencias, emociones y logros contribuye a un sentido de pertenencia y apoyo mutuo. En el plano educativo, las redes pueden funcionar como extensión del aula: profesorado y centros comparten recursos, se difunden proyectos, se organizan debates y se utilizan materiales audiovisuales para trabajar riesgos, derechos y ciudadanía digital, por ejemplo a través de vídeos breves centrados en privacidad, ciberacoso o uso responsable (https://www.unicef.es/educa/biblioteca/videos-educativos-riesgos-redes-sociales). Asimismo, permiten el acceso a contenidos de divulgación científica, cultural y social que, presentados con formatos narrativos y estéticas atractivas, ayudan a acercar el conocimiento a públicos jóvenes (https://www.unesco.org/es/articles/opinion-las-redes-sociales-la-informacion-publica-y-la-ciencia-asumir-el-reto-es-posible). Las redes también amplían las posibilidades de participación cívica: campañas de sensibilización, denuncias de injusticias, movimientos estudiantiles y causas medioambientales encuentran en estas plataformas canales para organizarse, difundir mensajes y presionar a instituciones. Para muchos adolescentes, la primera experiencia de acción colectiva se produce precisamente mediante hashtags, peticiones en línea y contenidos compartidos. RIESGOS Y EFECTOS NEGATIVOS Los riesgos se manifiestan en varios planos. A nivel relacional, el ciberacoso incluye insultos, humillaciones, difusión de rumores, exclusión deliberada de grupos y publicación de imágenes o vídeos sin consentimiento. El impacto emocional puede ser especialmente intenso debido a la audiencia potencialmente amplia, la dificultad de borrar contenido y la sensación de que el ataque «no se apaga» al salir del aula. Datos recientes indican que una proporción relevante de adolescentes afirma sufrir ciberacoso y que quienes son testigos pasivos de estas conductas también se ven afectados, lo que subraya la importancia de implicar a todo el grupo de iguales en la prevención (https://www.unicef.es/educa/biblioteca/videos-educativos-riesgos-redes-sociales). En el plano de la privacidad, muchos adolescentes comparten fotos, vídeos y datos personales sin plena conciencia de su huella digital. Esto abre la puerta a prácticas como el ‘catfishing’ (engaño mediante identidades falsas), la sextorsión (chantaje con contenido íntimo) o el uso no consentido de imágenes. Los mensajes de tono sexual no deseados, las proposiciones de adultos y la circulación de imágenes íntimas entre iguales aparecen de forma significativa en estudios sobre adolescencia y tecnología (https://www.unicef.es/noticia/adolescentes-y-tecnologia-como-la-utilizan). Otro riesgo importante es el uso problemático o adictivo. Cuando el tiempo dedicado a redes y videojuegos es muy elevado, se acompaña de falta de supervisión y genera interferencias en el rendimiento académico, el sueño, la actividad física o las relaciones cara a cara, se habla de un patrón de uso problemático. En algunos casos, se observa un posible trastorno adictivo a videojuegos, con consecuencias en la vida familiar, escolar y emocional (https://www.unicef.es/educa/ideas/entorno-digital-seguro). Además, el acceso temprano a apuestas y juegos de azar en línea incrementa la probabilidad de problemas de juego en edades posteriores. En el plano informativo, las redes son terreno fértil para la desinformación, los bulos y el contenido pseudocientífico. La combinación de algoritmos que priorizan la participación y usuarios que comparten contenidos alineados con sus miedos o creencias favorece la circulación de mensajes que desafían la evidencia científica y afectan a decisiones de salud, convivencia y política (https://www.unesco.org/es/articles/opinion-las-redes-sociales-la-informacion-publica-y-la-ciencia-asumir-el-reto-es-posible). DIMENSIÓN DE GÉNERO Y EQUIDAD La perspectiva de género es central para comprender el impacto de las redes. Informes recientes que analizan el bienestar y el aprendizaje de las niñas muestran que los contenidos basados en la imagen y controlados por algoritmos pueden exponerlas con más frecuencia a ideales de belleza poco realistas, mensajes sexualizados y modelos de éxito estereotipados. Esta exposición se vincula con menor satisfacción corporal, más inseguridad y síntomas de malestar emocional, con posibles repercusiones en el rendimiento académico y la participación social (https://www.unesco.org/gem-report/es/articles/un-nuevo-informe-de-la-unesco-advierte-que-las-redes-sociales-afectan-al-bienestar-el-aprendizaje-y). Estos mismos informes documentan una mayor prevalencia de ciberacoso y violencia basada en la imagen hacia las adolescentes, así como el aumento de contenidos sexuales basados en imágenes, deepfakes generados por inteligencia artificial e imágenes autogeneradas que circulan en redes y entornos escolares. Paralelamente, los estereotipos de género presentes en redes y medios refuerzan la idea de que la ciencia, la tecnología, la ingeniería y las matemáticas son campos «masculinos». Esto contribuye a que las mujeres sigan infrarepresentadas entre titulados y profesionales de áreas tecnológicas, lo que limita su participación en el diseño de las herramientas digitales del futuro (https://unesdoc.unesco.org/ark:/48223/pf0000371173). La equidad también se ve afectada por la desigualdad socioeconómica y cultural: no todos los adolescentes cuentan con el mismo acceso a dispositivos, conectividad de calidad o apoyo adulto para desarrollar competencias digitales críticas. Esto puede generar una «brecha de uso» en la que algunos aprovechan las oportunidades formativas de las redes mientras otros quedan expuestos sobre todo a contenidos de entretenimiento de baja calidad o a mayores riesgos. SOCIEDAD, TV Y CULTURA DIGITAL El vínculo entre redes sociales y televisión transforma tanto el consumo mediático como la construcción de normas sociales. Muchos formatos televisivos incorporan hashtags y dinámicas de participación en tiempo real; a la vez, fragmentos de programas, series o informativos se reutilizan en redes como vídeos cortos con subtítulos y edición rápida. Para los adolescentes, la experiencia televisiva se convierte en una actividad social mediada por comentarios, memes y reacciones compartidas. Este cruce de medios puede amplificar tanto mensajes positivos como problemáticos. Modelos de belleza, éxito económico o estilos de vida consumistas difundidos en televisión encuentran refuerzo en redes, donde se repiten en perfiles de celebridades e ‘influencers’. Por otro lado, campañas de sensibilización sobre ciberacoso, seguridad vial o salud mental diseñadas para televisión pueden multiplicar su alcance cuando se acompañan de estrategias específicas para redes y materiales adaptados al aula (https://www.unicef.es/educa/biblioteca/videos-educativos-riesgos-redes-sociales). Organismos internacionales han subrayado que las plataformas digitales, incluidas las redes, pueden tanto reforzar como debilitar la calidad de la conversación pública. Por ello se trabaja en directrices globales para mejorar la fiabilidad de la información, promover la transparencia de algoritmos y moderación de contenidos, y alinear la regulación con los estándares internacionales de derechos humanos (https://www.unesco.org/es/articles/redes-sociales-la-unesco-lidera-un-dialogo-mundial-para-mejorar-la-fiabilidad-de-la-informacion). MECANISMOS PSICOLÓGICOS Y SOCIALES Los efectos de las redes se entienden mejor si se consideran los mecanismos psicológicos implicados. La comparación social es uno de ellos: la exposición constante a vidas aparentemente perfectas, cuerpos idealizados o éxitos reiterados puede llevar a valorar la propia vida como insuficiente. En la adolescencia, cuando la identidad está en construcción y la opinión de los demás pesa mucho, esta comparación puede influir con fuerza en la autoestima. Otro mecanismo es la búsqueda de validación externa: las métricas visibles (número de ‘me gusta’, visualizaciones, seguidores) se convierten en indicadores de valor personal. Algunas iniciativas educativas, como las que invitan a reflexionar sobre cómo sería usar redes sin depender de los ‘likes’, buscan precisamente cuestionar este vínculo entre valía y popularidad digital (https://www.unicef.es/lab/junior/reto-1). A ello se suma el diseño de plataformas que utilizan notificaciones, recompensas variables y actualizaciones constantes de contenido para capturar y retener la atención, lo que facilita hábitos de consulta repetitiva. Finalmente, la dinámica grupal online puede amplificar comportamientos de riesgo: el anonimato relativo, la sensación de distancia y la búsqueda de reconocimiento dentro del grupo pueden favorecer conductas como compartir rumores, participar en retos peligrosos o difundir contenidos hirientes que quizá no se asumirían en un contexto cara a cara. ROL DE FAMILIAS, ESCUELA E INDUSTRIA El acompañamiento familiar es uno de los principales factores protectores. Se recomienda que los padres, madres o cuidadores planifiquen la llegada del primer teléfono, respeten la importancia del juego y las relaciones fuera de pantalla en la infancia temprana y ofrezcan un acceso progresivo a dispositivos y redes conforme aumenta la madurez del menor (https://www.unicef.es/educa/ideas/entorno-digital-seguro). También resulta clave hablar abiertamente sobre experiencias en línea, acordar normas de uso (horarios, espacios, tipos de contenido), revisar en conjunto la configuración de privacidad y ejercer de modelo en el uso equilibrado de pantallas. La escuela tiene un papel esencial en el desarrollo de competencias digitales y ciudadanas. Integrar en el currículo la alfabetización mediática e informacional, el pensamiento crítico frente a la desinformación, la comprensión de los algoritmos y la prevención del ciberacoso permite que los adolescentes dispongan de herramientas para navegar el entorno digital con mayor autonomía. Los centros educativos también deben contar con protocolos claros para intervenir ante casos de acoso, difusión no consentida de imágenes o delitos online, y coordinarse con familias y servicios especializados. La industria tecnológica y las plataformas son actores fundamentales. Su responsabilidad incluye diseñar productos que incorporen la protección de menores desde el inicio, limitar la recopilación de datos, ofrecer opciones de privacidad comprensibles, proporcionar controles parentales efectivos, aplicar una moderación de contenidos acorde con los estándares internacionales de derechos humanos y facilitar vías ágiles de denuncia. Iniciativas internacionales trabajan en principios y directrices para lograr mayor transparencia algorítmica y rendición de cuentas, en línea con las normas de libertad de expresión y acceso a la información (https://www.unesco.org/es/articles/redes-sociales-la-unesco-lidera-un-dialogo-mundial-para-mejorar-la-fiabilidad-de-la-informacion). RECOMENDACIONES Y LÍNEAS DE ACCIÓN A partir de estas evidencias se pueden proponer recomendaciones prácticas. A nivel individual, se sugiere que los adolescentes diseñen su propia «higiene digital»: definir tiempos máximos de uso, reservar momentos sin pantalla (por ejemplo, antes de dormir o durante las comidas), diversificar actividades fuera de internet, revisar periódicamente sus contactos y configuraciones de privacidad y reflexionar sobre cómo les hace sentir cada plataforma. También es útil aprender a reconocer señales de malestar (irritabilidad si no se puede conectar, pérdida de sueño, descenso del rendimiento escolar) que pueden indicar un uso problemático. A nivel familiar, se proponen acuerdos negociados sobre tiempos y contenidos, supervisión adaptada a la edad, acompañamiento en los primeros pasos en redes y un clima de confianza que facilite que los adolescentes pidan ayuda ante situaciones de riesgo. Las campañas dirigidas a familias destacan que, también en el entorno digital, los padres y madres siguen siendo una influencia decisiva y pueden modelar un uso saludable y equilibrado (https://www.unicef.es/noticia/adolescentes-y-tecnologia-como-la-utilizan; https://www.unicef.es/educa/ideas/entorno-digital-seguro). En el ámbito escolar, además de la educación en competencias digitales, se recomiendan actividades que fomenten la empatía online, el respeto a la diversidad, la reflexión sobre estereotipos de género y la comprensión de las consecuencias legales de determinadas conductas (ciberacoso, difusión de imágenes íntimas, amenazas). El trabajo con materiales audiovisuales breves puede ser especialmente efectivo para abrir debates (https://www.unicef.es/educa/biblioteca/videos-educativos-riesgos-redes-sociales). En el plano de políticas públicas y regulación, se plantean marcos integrales que garanticen los derechos de niñas, niños y adolescentes en el entorno digital, alineados con las observaciones internacionales sobre derechos de la infancia y entorno digital. Esto incluye leyes que protejan frente a la violencia y explotación online, normas de protección de datos robustas, mecanismos de supervisión de las plataformas y estrategias nacionales de alfabetización mediática. Iniciativas impulsadas por organismos multilaterales trabajan en directrices globales para la gobernanza de plataformas digitales que concilien libertad de expresión, pluralismo informativo y protección frente a la desinformación y el discurso de odio (https://unesdoc.unesco.org/ark:/48223/pf0000371173; https://www.unesco.org/es/articles/redes-sociales-la-unesco-lidera-un-dialogo-mundial-para-mejorar-la-fiabilidad-de-la-informacion). CONCLUSIONES Las redes sociales no son intrínsecamente buenas ni malas para los adolescentes; su impacto depende de cómo se usan, de las características individuales y del contexto familiar, escolar y social. Ofrecen oportunidades relevantes para la conexión, el aprendizaje, la participación y la expresión, pero también plantean riesgos significativos para la privacidad, la salud mental y la equidad, en especial cuando coinciden un uso intensivo sin acompañamiento y factores de vulnerabilidad como baja autoestima, conflictos familiares o discriminación de género. La respuesta más eficaz es sistémica: requiere que familias, escuelas, industria tecnológica, medios de comunicación —incluida la televisión— y poderes públicos asuman responsabilidades complementarias. Educar en ciudadanía digital, reforzar el bienestar emocional, mejorar la fiabilidad de la información, proteger la privacidad y regular de manera coherente las plataformas son pilares de una estrategia que coloca los derechos de la infancia en el centro. En este marco, los adolescentes pueden desarrollar competencias para aprovechar las redes como herramientas de crecimiento personal y social, al tiempo que se reducen los daños evitables y se construye un entorno digital más seguro, inclusivo y participativo.